((i))
i i i Argitaratu i FAQ i Editoriala i Laguntza i

Ekitaldiak

agenda
agenda ikusi

ekitaldia argitaratu

Indy-eh ko txat zerbitzua

Zure izena edo izenordea (nick-a):

Bilatu






Argitaratu >>
Artxiboa >>
Newswire >>
Bideo artxiboa >>

Gaiak


Animali askapena
Antifaxismoa
Antimilitarismoa eta Bakea
Deialdiak
Ekologia
Emakumeak
Erresistentzia Globala
Euskara eta Kultura
Antiglobalizazioa
Giza Eskubideak
Inmigrazioa
Internazionalismoa
Kriminalizazioa
Okupazioa
Sexualitatea
Zientzia, teknologia eta sarea

Sindikazioa


xmlAzalekoak
xmlNewswire-a
xmlBideoak
xmlAudioak

Hiriak


www.indymedia.org

Proyectos
print
radio
satellite tv
video

Africa
ambazonia
canarias
estrecho
kenya
nigeria
áfrica del sur

Canada
hamilton
london, ontario
maritimes
montreal
ontario
ottawa
quebec
thunder bay
vancouver
victoria
windsor
winnipeg

Asia Del Este
burma
jakarta
japón
korea
manila
qc

Europa
abruzzo
alacant
andorra
anveres
armenia
atenas
austria
barcelona
belarus
bélgica
belgrado
bristol
bulgaria
calabria
croacia
chipre
emilia-romagna
estrecho
euskal herria
galiza
alemania
grenoble
hungría
londres
irlanda
estanbul
italia
la plana
liege
liguria
lille
linksunten
lombardia
madrid
malta
marseille
nantes
napoli
holanda
niza
noruega
oost-vlaanderen
c.m.i. indymedia paris/île-de-france
patras
piemonte
polonia
portugal
roma
romania
rusia
saint-petersburg
escocia
suecia
suiza
tesalónica
torun
toscana
toulouse
ukraine
gran bretaña
valencia

America Latina
argentina
bolivia
chiapas
chile
chile sur
brasil
colombia
ecuador
méxico
peru
puerto rico
qollasuyu
rosario
santiago
tijuana
uruguay
valparaiso
venezuela
venezuela indimedia

Oceania
adelaida
aotearoa
brisbane
burma
darwin
jakarta
manila
melbourne
oceanía
perth
qc
sydney

Asia Del Sur
india
mumbai

Estados Unidos
arizona
arkansas
asheville
atlanta
austin
baltimore
big muddy
binghamton
boston
bufalo
charlottesville
chicago
cleveland
colorado
columbus
washington, dc
hawaii
houston
ny capital
ciudad de kansas
los ángeles
madison
maine
miami
michigan
milwaukee
minneapolis/st. paul
new hampshire
nueva jersey
nuevo méxico
nueva orleans
north carolina
north texas
nyc
oklahoma
filadelfia
pittsburgh
portland
richmond
rochester
rogue valley
st louis
san diego
san francisco
bahía de san francisco
santa barbara
santa cruz, ca
sarasota
seattle
tampa bay
tennessee
estados unidos
urbana-champaign
vermont
western mass
worcester

Asia Del Oeste
armenia
beirut
israel
palestina

Temas
biotech

Proceso
fbi/legal updates
mailing lists
process & imc docs
tech
volunteer
  

Sociedad de tiempo liberado

ateuts , 28.06.2002 21:39

Recibo de COMUNISTES de CATALUNYA la 3ª parte del MANIFIESTO CONTRA EL TRABAJO. Este Manifiesto, en 4 partes, es obra del grupo Krisis de Alemania, http://www.krisis.org , difundido en Internet por Pimienta Negra y Bibiana Apolonia en NAC-POP. Lo publico para su debate.



* COMUNISTES de CATALUNYA

Contracorriente:  vallseca@arrakis.es NOTA de

********************

MANIFIESTO CONTRA EL TRABAJO, 3

Después de la Segunda Guerra Mundial, por un breve período histórico podía
parecer que la sociedad del trabajo en las industrias fordistas se había
consolidado en un sistema de "prosperidad eterna", en el cual la
insoportabilidad del fin en sí coercitivo hubiese sido pacificado
duraderamente por el consumo de masas y el Estado Social. A pesar de que
ésta ha sido siempre una idea ilótica y democrática que sólo se refería a
una pequeña minoría de la población mundial, en los centros fracasó también
necesariamente. Con la tercera revolución industrial de la microelectrónica,
la sociedad mundial del trabajo llegó a su límite histórico absoluto.

Que este límite sería alcanzado tarde o temprano, era lógicamente
previsible. Pues el sistema productor de mercancías padece, desde su
nacimiento, de una contradicción incurable. Por un lado, vive del hecho de
absorber en masa energía humana mediante el gasto de trabajo para su
maquinaria: cuanto más, mejor. Por otro, sin embargo, impone, de acuerdo con
la ley de la competencia empresarial, un aumento de la productividad, por la
cual la fuerza de trabajo humana es sustituida por capital objetivado
cientifizado.

Esta autocontradicción ya fue la causa profunda de todas las crisis
anteriores, entre ellas la desastrosa crisis económica de 1929-33. Sin
embargo, estas crisis siempre podían ser superadas por un mecanismo de
compensación: en un nivel cada vez más elevado de productividad, eran
absorbidas ­después de un cierto tiempo de incubación y a través de la
ampliación de mercados integradora de nuevos segmentos de consumidores­
mayores cantidades de trabajo que las de aquel anteriormente racionalizado.
Se reducía el gasto de fuerza de trabajo por producto, pero se producía en
términos absolutos más productos, de modo que la reducción podía ser
compensada. En cuanto las innovaciones de los productos superaban a las
innovaciones de los procesos, la autocontradicción del sistema podía
traducirse en un movimiento de expansión.

El ejemplo histórico a destacar es el del automóvil: por medio de la cadena
de montaje y otras técnicas de racionalización de la "ciencia del trabajo"
(primero en la fábrica de Henry Ford, en Detroit), se redujo el tiempo de
trabajo para cada automóvil en una fracción. Simultáneamente, el trabajo se
intensificó de manera gigantesca, esto es, en el mismo intervalo de tiempo
se absorbió material humano de forma multiplicada. Principalmente el
automóvil, hasta entonces un producto de lujo para la alta sociedad, pudo
ser incluido en el consumo de masas por su consecuente abaratamiento.

De esta manera, a pesar de la racionalización de la producción en línea, el
hambre insaciable de energía humana del dios-trabajo fue satisfecha en un
nivel superior. Al mismo tiempo, el automóvil es un ejemplo central del
carácter destructivo del modo de producción y consumo altamente desarrollado
de la sociedad del trabajo. En interés de la producción en masa de
automóviles y del transporte individual en masa, el paisaje es asfaltado,
impermeabilizado y se vuelve feo, el medio ambiente contaminado y se acepta
resignadamente que en las calles del mundo, año tras año, se desencadene una
tercera guerra mundial no declarada con millones de muertos y mutilados.

Con la tercera revolución industrial de la microelectrónica concluye el
mecanismo de compensación por la expansión, hasta entonces vigente. Es
verdad que, obviamente, a través de la microelectrónica, muchos productos
también se abaratan y se crean otros nuevos (principalmente en la esfera de
los media). Pero, por primera vez, la velocidad de innovación del proceso
supera a la velocidad de innovación del producto. Por primera vez, más
trabajo es racionalizado que el que puede ser reabsorbido por la expansión
de los mercados. Como continuación lógica de la racionalización, la robótica
electrónica sustituye a la energía humana, o las nuevas tecnologías de
comunicación vuelven el trabajo superfluo. Sectores enteros y niveles de la
construcción civil, de la producción, del marketing, del almacenamiento, de
la distribución e incluso del
gerenciamiento son excluidos. Por primera vez el dios-trabajo se somete,
involuntariamente, a una ración de hambre permanente. Así, provoca su propia
muerte.

Una vez que la sociedad democrática del trabajo ha llegado a ser un sistema
con el fin en sí mismo maduro y autorreflexivo, no es posible dentro de sus
formas ninguna alteración para una reducción de la jornada general. La
racionalidad empresarial exige que masas cada vez mayores se conviertan en
"desempleados" permanentemente y, de este modo, queden separados de la
reproducción de su vida inmanente al sistema. Por otra parte, un número cada
vez
más reducido de "ocupados" son sometidos a una caza cada vez mayor de
trabajo y
eficiencia. Incluso en los centros capitalistas, en medio de la riqueza
vuelven
la pobreza y el hambre, medios de producción y áreas agrícolas intactas
quedan
en "barbecho", viviendas y predios públicos en masa permanecen vacíos,
mientras
que el número de los sin-techo crece sin cesar.

El capitalismo se transforma en un espectáculo global para minorías. En su
desesperación, el dios-trabajo agonizante se convierte en caníbal de sí
mismo.
En busca de sobras para alimentar el trabajo, el capital dinamita los
límites de
la economía nacional y se globaliza en una competencia nómada de represión.
Regiones mundiales enteras son aisladas de los flujos globales de capital y
mercancías. En una ola de fusiones e "integraciones no amistosas" sin
precedentes históricos, los monopolios se preparan para la última batalla de
la
economía empresarial. Los Estados y naciones desorganizados implosionan, y
las
poblaciones, empujadas a la locura de la competencia por la supervivencia,
se
atacan en guerras étnicas de bandos.

"El propio capital es la contradicción en proceso, pues tiende a reducir el
tiempo de trabajo a un mínimo, mientras que pone, por otro lado, el tiempo
de
trabajo como única medida y fuente de riqueza (...) Así, por una parte,
convoca
para la vida a todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como
de
la combinación y del intercambio social para hacer que la creación de la
riqueza
sea (relativamente) independiente del tiempo de trabajo empleado en ella.
Por
otro lado, pretende medir esas gigantescas fuerzas sociales, así creadas,
por el
tiempo de trabajo, y contenerlas dentro de los límites exigidos para
mantener
como valor el valor ya creado." (Karl Marx, Grundrisse,
1857-1858)

"El principio moral básico es el derecho del hombre a su trabajo (...) desde
mi punto de vista no hay nada más detestable que una vida ociosa. Ninguno de
nosotros tiene derecho a esto. La civilización no tiene lugar para los
ociosos."
(Henry
Ford)

12. El fin de la política

Necesariamente, la crisis del trabajo tiene como consecuencia la crisis del
Estado y, por tanto, la de la política. Por principio, el Estado moderno
debe su
trayectoria al hecho de que el sistema productor de mercancías requiere una
instancia superior que le garantice, en el marco de la concurrencia, los
fundamentos jurídicos normales y los presupuestos de la
valorización ­incluyendo
un aparato de represión para el caso de que el material humano se
insubordine
contra el sistema. En su forma madura de democracia de masas, el Estado en
el
siglo XX precisaba asumir, de forma creciente, tareas socioeconómicas: a
esto no
sólo pertenece la red social, sino también la salud y la educación, la red
de
transporte y comunicación, infraestructuras de toda clase que son
indispensables
para el funcionamiento de la sociedad del trabajo industrial y que no pueden
ser
propiamente organizadas como proceso de valorización industrial. Pues como
infraestructuras necesitan estar permanentemente a disposición en el ámbito
de
la sociedad total y cubriendo todo el territorio. Por tanto, no pueden
seguir
las coyunturas del mercado de la oferta y la demanda. Como el Estado no es
una
unidad de valorización autónoma, él mismo no transforma trabajo en dinero, y
debe sacar dinero del proceso real de la valorización. Agotada la
valorización,
se agotan también las finanzas del Estado. El supuesto soberano social se
presenta totalmente dependiente frente a la economía ciega y fetichizada de
la
sociedad del trabajo. Puede legislar cuanto quiera; cuando las fuerzas
productivas superan el sistema de trabajo, el derecho estatal positivo, el
cual
sólo puede relacionarse siempre con sujetos del trabajo, se desvanece.

Con el creciente desempleo de masas, se agotan las rentas estatales
provenientes de los impuestos sobre los rendimientos del trabajo. Las redes
sociales se rompen después que se alcanza una masa crítica de "superfluos",
que
sólo pueden ser alimentados de modo capitalista a través de la
redistribución de
otros rendimientos monetarios. En la crisis, con el proceso acelerado de
concentración del capital, que sobrepasa las fronteras de las economías
nacionales, son excluidas también las rentas estatales provenientes de los
impuestos sobre las ganancias de las empresas. Los monopolios
transnacionales
obligan a los Estados que compiten por inversiones a hacer dumping fiscal,
social y ecológico.

Es precisamente este desarrollo el que que hace que el Estado democrático se
transforme en mero administrador de la crisis. Cuanto más se acerca al
desastre
financiero, tanto más se reduce a su núcleo represivo. Las infraestructuras
se
limitan a las necesidades del capital transnacional. Como antiguamente en
los
territorios coloniales, la logística se limita, crecientemente, a algunos
centros económicos; en cuanto al resto, queda abandonado. Lo que puede ser
privatizado se privatiza, aunque cada vez más personas queden excluidas de
los
servicios de abastecimiento más elementales. Donde la valorización del
capital
se concentra en un número cada vez más reducido de islas del mercado
mundial, ya
no interesa el abastecimiento que cubra todo el territorio.

En cuanto no afecta directamente a esferas relevantes para la economía, no
interesa si los trenes funcionan o si las cartas llegan. La educación se
convierte en un privilegio de los vencedores de la globalización. La cultura
intelectual, artística y teórica es remitida a los criterios de mercado y
tolera
a unos pocos. La salud no es financiable y se divide en un sistema de
clases.
Primero sin prisa y veladamente, después de manera abierta, se impone la ley
de
la eutanasia social: porque eres pobre y "superfluo", tienes que morir
antes.

Después de entrar en vigor la ley irracional de la sociedad del trabajo,
objetivada como "restricción financiera", todos los conocimientos,
habilidades y
medios de la medicina, la educación y la cultura que se hallaban
abundantemente
a disposición como infraestructura general son clausurados bajo siete
llaves,
siendo desmovilizados y vendidos como chatarra ­siguiendo el ejemplo de los
medios de producción industriales y agrarios que ya no se consideran
rentables.
El Estado democrático, transformado en un sistema de apartheid, ya no tiene
nada
que ofrecer a sus ex ciudadanos de trabajo más allá de la simulación
represiva
del trabajo, bajo formas de trabajo coercitivo y barato, con reducción de
todos
los beneficios. En un momento más avanzado, el Estado se desmorona
totalmente.
El aparato del Estado se asilvestra bajo la forma de una cleptocracia
corrupta,
los militares bajo la de un bando bélico mafioso, y la policía bajo la del
asaltante callejero.

Este desarrollo no puede ser frenado por medio de ninguna política y aún
menos revertirse. Pues la política es en su esencia una acción relacionada
con
el Estado que se vuelve, dentro de las condiciones de desestatización, sin
objeto. La fórmula de la democracia izquierdista de la "configuración
política"
se hace, día tras día, más ridícula. Fuera de la represión infinita, la
destrucción de la civilización y el auxilio al "terror de la economía", ya
no
hay nada que "configurar". Como el fin en sí mismo de la sociedad del
trabajo es
el supuesto axiomático de la democracia política, no puede haber ninguna
regulación política democrática para la crisis del trabajo. El fin del
trabajo
se transforma en el fin de la política.

13. La simulación casino-capitalista de la sociedad del trabajo

La conciencia social dominante se engaña sistemáticamente sobre la verdadera
situación de la sociedad del trabajo. Las regiones de colapso son
ideológicamente excomulgadas, las estadísticas del mercado de trabajo
descaradamente falsificadas, las formas de pauperización disimuladas por los
media. La simulación es, sobre todo, la característica central del
capitalismo
en crisis. Esto vale también para la propia economía. Si por lo menos en los
países centrales occidentales parecía hasta ahora que el capital sería capaz
de
acumularse incluso sin trabajo, y que la forma pura del dinero sin sustancia
podría garantizar la continua valorización del valor, esta apariencia se
debe a
un proceso de simulación de los mercados financieros. Como reflejo de la
simulación del trabajo mediante medidas coercitivas de la administración
democrática del trabajo, se formó una simulación de la valorización del
capital
mediante la desconexión especulativa del sistema crediticio y de los
mercados
accionarios de la economía
real.

La utilización de trabajo presente es sustituida por la usurpación de la
utilización de trabajo futuro, el cual nunca se realizará. Se trata, en
cierto
modo, de una acumulación de capital en un ficticio "futuro del subjuntivo".
El
capital-dinero, que ya no puede ser reinvertido de manera rentable en la
economía real y que, por eso, no puede absorber más trabajo, tiene que
desviarse
forzosamente hacia los mercados financieros.

Ya el impulso fordista de la valorización, en los tiempos del "milagro
económico" después de la Segunda Guerra, no era totalmente autosustentable.
Más
allá de sus ingresos fiscales, el Estado tomó créditos en cantidades hasta
entonces desconocidas, puesto que las condiciones estructurales de la
sociedad
del trabajo ya no eran financiables de otra manera. El Estado empeñó todos
sus
ingresos reales futuros. De esta manera surgió, por un lado, una posibilidad
de
inversión capitalista financiera para el capital-dinero "excedente" ­se
prestaba
al Estado con intereses. El Estado pagaba los intereses con nuevos
empréstitos y
reenviaba inmediatamente el dinero prestado al circuito económico. Por otro
lado, financiaba los costos sociales y las inversiones de infraestructura,
creando una demanda artificial, en el sentido capitalista, por tanto sin la
cobertura de ningún gasto productivo de trabajo. El boom fordista fue
prolongado
así más allá de su propio alcance, en la medida en que la sociedad del
trabajo
sangraba su propio futuro.

Este proceso simulativo del proceso de valorización, aún aparentemente
intacto, ya alcanzó sus límites junto con el endeudamiento estatal. No sólo
en
el Tercer Mundo, sino también en los centros, las "crisis de la deuda"
estatales
no permitirán más la expansión de este procedimiento. Este fue el fundamento
objetivo para el avance victorioso de la desregulación neoliberal que,
conforme
a su ideología, sería acompañada de una reducción drástica de la aportación
estatal en el producto social. En verdad, la desregulación y la reducción de
las
obligaciones del Estado están compensadas por los costos de la crisis,
aunque
sea bajo la forma de costos estatales de represión y simulación. En muchos
Estados, la aportación estatal incluso
aumenta.

Pero la acumulación subsecuente del capital ya no puede ser simulada a
través
del endeudamiento estatal. Por eso se transfiere, desde los años 80, la
creación
complementaria de capital ficticio a los mercados de acciones. Allí, desde
hace
tiempo, no se trata más de dividendos, de la participación en las ganancias
de
la producción real, sino más bien de ganancias de cotización, por el aumento
especulativo del valor de los títulos de propiedad en escalas astronómicas.
La
relación entre la economía real y el movimiento especulativo del mercado
financiero se invirtió completamente. El aumento especulativo de la
cotización
ya no anticipa la expansión de la economía real, sino que, al contrario, el
ascenso de la creación ficticia de valor simula una acumulación real que ya
no
existe.

El dios-trabajo está clínicamente muerto, pero recibe respiración artificial
a través de la expansión aparentemente autonomizada de los mercados
financieros.
Hace tiempo que las empresas industriales tienen ganancias que no resultan
de la
producción y venta de productos reales ­lo cual se ha convertido en un
negocio
deficitario­, sino de la participación en la especulación de acciones y
divisas
elaborada por un departamento financiero "experto". Los presupuestos
públicos
muestran ingresos que no derivan de impuestos o tomas de créditos, sino de
la
participación aplicada de la administración financiera en los mercados de
casino. Los presupuestos privados, en los cuales los ingresos reales de
salarios
se han reducido dramáticamente, consiguen mantener todavía un consumo
elevado a
través de los préstamos de las ganancias en los mercados accionarios. Se
crea
así una nueva forma de demanda artificial que, a su vez, tiene como
consecuencia
una producción real y unos ingresos estatales reales "sin suelo para los
pies".

De esta manera, la crisis económica mundial está siendo aplazada por el
proceso especulativo; pero como el aumento ficticio del valor de los títulos
de
propiedad sólo puede ser una anticipación de la utilización o futuro gasto
real
de trabajo (en la escala astronómica correspondiente) ­lo que ya no
ocurrirá­,
entonces el engaño objetivado será desenmascarado necesariamente, después de
un
cierto período de incubación. El colapso de los emerging markets de Asia,
América Latina y el Este europeo ofreció apenas el primer sabor. Es sólo
cuestión de tiempo el que colapsen los mercados financieros de los EE.UU.,
la
Unión Europea y Japón.

Este contexto es percibido de una forma totalmente distorsionada en la
conciencia fetichizada de la sociedad del trabajo y, principalmente, en la
de
los "críticos del capitalismo" tradicionales de la izquierda y la derecha.
Fijados en el fantasma del trabajo, que fue ennoblecido en cuanto condición
existencial suprahistórica y positiva, confunden sistemáticamente causa y
efecto. El aplazamiento temporal de la crisis, por la expansión especulativa
de
los mercados financieros, aparece así de manera invertida como supuesta
causa de
la crisis. Los "especuladores malvados", así llamados a la hora del pánico,
arruinan a toda la sociedad del trabajo porque gastan el "buen dinero" que
"existe de sobra" en el casino, en vez de invertirlo de una manera sólida y
bien
educada en maravillosos "puestos de trabajo", a fin de que una humanidad
loca
por el trabajo pueda tener su "pleno
empleo".

Simplemente no entra en estas cabezas, en modo alguno, que la especulación
hizo que las inversiones reales se detuvieran, aunque éstas ya se
convirtieron
en no rentables en el decurso de la tercera revolución industrial, y el alza
especulativa es sólo un síntoma de ello. El dinero que aparentemente circula
en
cantidades infinitas ya no es, incluso en el sentido capitalista, un "buen
dinero", sino apenas "aire caliente" con el que se levantó la burbuja
especulativa. Cada intento de reventar esta burbuja por medio de cualquier
proyecto de medida fiscal (tasa Tobin, etc.) para dirigir nuevamente el
capital-dinero hacia los engranajes pretendidamente "correctos" y reales de
la
sociedad del trabajo, sólo puede llevar a malgastarla más rápidamente.

En vez de comprender que todos nosotros nos convertiremos incesantemente en
no rentables, y que por ello se deben atacar tanto el propio criterio de
rentabilidad como los fundamentos de la sociedad del trabajo, prefieren
satanizar a los "especuladores". Esta imagen barata del enemigo es cultivada
al
unísono por los radicales de la derecha y los autónomos de la izquierda,
funcionarios sindicalistas pequeñoburgueses y nostálgicos keynesianos,
teólogos
sociales y presentadores de talk shows, en suma, por todos los apóstoles del
"trabajo honrado". Pocos son conscientes de que de aquí a la removilización
de
la locura antisemita sólo hay un pequeño paso. Apelar al capital real
"productivo" y de "sangre nacional" contra el capital-dinero "judaico",
internacional y usurero, amenaza con ser la última palabra de la "izquierda
de
los puestos de trabajo", intelectualmente perdida. De cualquier manera, ésta
ya
es la última palabra de la "derecha de los puestos de trabajo", desde
siempre
racista, antisemita y antiamericana.

"Tan pronto como el trabajo, en su forma inmediata deja de ser la gran
fuente
de riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar de ser su medida,
y,
por ello, el valor de cambio (la medida) del valor de uso. (...) En virtud
de
esto, la producción fundada en el valor de cambio se desmorona y el propio
proceso de producción material inmediato se despoja de la forma de la
privación
y de la oposición." (Karl Marx, Grundrisse, 1857/1858)

> 14. El trabajo no se deja redefinir

Después de siglos de adiestramiento, el hombre moderno sencillamente no
logra
imaginar una vida más allá del trabajo. Como principio imperial, el trabajo
domina no sólo la esfera de la economía en sentido estricto, sino que permea
toda la existencia social hasta los poros de lo cotidiano y de la existencia
privada. El "tiempo libre", que por su propia semántica ya es un término de
presidio, sirve, desde hace mucho, para "trabajar" mercancías y, así,
garantizar
la venta
necesaria.

Pero por encima del deber interiorizado del consumo de mercancías como fin
en
sí mismo, la sombra del trabajo se proyecta sobre el individuo moderno
también
fuera de la oficina y de la fábrica. Tan sólo por levantarse de la poltrona
de
la TV y volverse activo, cualquier acción que se realiza se transforma en
algo
parecido al trabajo. El jogger sustituyó el reloj convencional por el
cronómetro. En los resplandecientes fitness-studios el Movimiento Incesante
experimenta su renacimiento posmoderno, y los conductores hacen en los días
festivos tantos y tantos kilómetros como si fuesen a alcanzar el promedio
anual
de un camionero. E incluso el copular se orienta por las normas DIN/* de la
investigación sexual y por los estándares competitivos de las fanfarronadas
de
los talk
shows.

Si el rey Midas vivía al menos como una maldición el hecho de que todo lo
que
tocaba se convertía en oro, su compañero de sufrimiento moderno superó ese
estado. El hombre del trabajo ya no nota, por la adaptación al modelo del
trabajo, que cada actividad pierde su cualidad sensible específica y se
vuelve
indiferente. Al contrario, otorga sentido, razón de ser y significado social
a
cualquier actividad sólo a través de esa adaptación a la indiferencia del
mundo
de la mercancía. Con un sentimiento como de luto, el sujeto del trabajo no
sabe
qué hacer; sin embargo, la transformación del luto en "trabajo de luto" hace
de
ese cuerpo extraño emocional algo conocido, a través de lo cual se puede
intercambiar con sus semejantes. Hasta el mismo soñar se convierte en
"trabajo
de sueño", el conflicto con la persona amada se convierte en "trabajo de
relación" y el trato con los niños es desrealizado e indiferenciado como
"trabajo de educación". Siempre que el hombre moderno insiste en hacer algo
con
"seriedad", tiene en la punta de la lengua la palabra "trabajo".

El imperialismo del trabajo posee sus reflejos en el lenguaje cotidiano. No
sólo tenemos el hábito de inflar la palabra "trabajo", sino que también la
usamos en dos niveles significativos totalmente diferentes. Hace tiempo que
el
"trabajo" ya no significa (como sería adecuado) la forma de actividad
capitalista del Movimiento Incesante en sí mismo; antes bien, ese concepto
se
convierte, borrando sus huellas, en sinónimo de cualquier actividad con un
objetivo.

La falta de centro conceptual abona el terreno para una crítica a la
sociedad
del trabajo tan vulgar e intrascendente que opera exactamente de modo
opuesto,
es decir, que toma como punto de partida una interpretación positiva del
imperialismo del trabajo. Por increíble que parezca, la sociedad del trabajo
es
acusada de no dominar aún suficientemente la vida con su forma de actividad,
porque, presuntamente, definiría el concepto de trabajo de modo "muy
estrecho",
esto es, excomulgando moralmente el "trabajo para uno mismo" o el trabajo en
cuanto "autoayuda no-remunerada" (trabajo doméstico, ayuda vecinal, etc.).
Aquélla acepta, como "efectivo", sólo el trabajo-empleo, conforme a la
dinámica
del mercado. Una revalorización y una ampliación del concepto de trabajo
debería
eliminar esta fijación unilateral y las jerarquizaciones ligadas a ella.

Este pensamiento no trata de la emancipación de las coerciones dominantes,
sino solamente de una corrección semántica. La ilimitada crisis de la
sociedad del trabajo debería ser solucionada por la conciencia social a
través de la elevación "efectiva" de las formas de actividad hasta entonces
inferiores y
marginales a la esfera de la producción capitalista, al estado de noble
trabajo. Pero la inferioridad de estas actividades no es solamente el
resultado de una determinada manera ideológica de ver, sino que pertenece a
la estructura fundamental del sistema capitalista y no puede ser superada
por redefiniciones
morales simpáticas.

En una sociedad dominada por la producción de mercancías como fin en sí
mismo, sólo vale como riqueza propiamente dicha lo que es representable en
la forma monetaria. El concepto de trabajo, así determinado, brilla de modo
imperial sobre todas las otras esferas, pero sólo negativamente, en la
medida en que revela estas esferas como dependientes de sí. De esta forma,
las esferas externas a la producción de mercancías quedan necesariamente a
la sombra de la esfera de producción capitalista, porque no son absorbidas
por la lógica abstracta empresarial de economía de tiempo ­incluso, y
precisamente, cuando ellas son necesarias para la vida, como en el caso de
la esfera de actuación escindida y definida como femenina, doméstica
privada, de dedicación personal, etc.

Al revés de su crítica radical, una ampliación moralizante del concepto de
trabajo no sólo oscurece el imperialismo social real de la economía
productora de mercancías, sino que también se integra perfectamente en las
estrategias autoritarias de la administración estatal de la crisis. La
reivindicación hecha desde los años 70 para que el "trabajo doméstico" y las
actividades del "tercer sector" fuesen también reconocidas socialmente como
trabajos válidos, especuló, desde el primer momento, con una remuneración
estatal en dinero. El Estado en crisis volvió el fetiche contra el hechicero
y movilizó el impulso moral de esta reivindicación en el sentido del famoso
"principio del subsidio" justamente contra sus expectativas materiales.

*********************************

PDF-an jaitsi >>
Añadir este artículo a la selección >>
Descargar la selección de artículos hecha en PDF >>
Emailaren bidez bidali >>
Komentarioa gehitu >>